Trazas. “La vida es inescribible”, Laia López Manrique

En la segunda parte de la entrevista-conversación con Laia, entramos en cuestiones centradas en la escritura y el lenguaje. La intimidad de la lengua compartida y su posible afuera. Qué puede escribirse y qué no. Las trazas de la atención en la escritura. El espacio mental entre sus dos poemarios. El movimiento, siempre en espiral, de lo que somos y devenimos en todas las huellas posibles.

Primera parte:

Segunda parte:

Tercera parte:

Tránsitos. Conversación con Laia López Manrique

laia entrevista 3

Laia es una multiplicidad y una aporía. Un trayecto que se bifurca constantemente pero que sin embargo está unido por aguas subterráneas: atención, silencio, urdimbre. Es un travesaño, un viga que promete una lógica intersticial minuciosamente socavada: una y muchas, serenidad y temblor. Calma y raíz de orfandad. Diseminación en espejos múltiples, previsiblemente impuros. Híbrido entre Louise Brooks y oso panda (a poco que amplíe el maquillaje de los ojos). Entre estrato basáltico y fantasma. No parece que haya arraigo o injerto para ella salvo en el movimiento, con sus irreductibles contradicciones, sus lastres y contrapesos. Es seria pero se ríe por dentro, uno imagina en ella a una payasa colosal, una cabaretera aguardentosa y de feroz ternura. Desplazada en el tiempo, vive como una fluctuación, a medio caballo entre onda y partícula, en la indeterminación de nuestra época líquida, absurda y deshilachada. Nombre lúdico: lady Pingüinos. Profesión al “otro lado”: pastora de vértigos perfumados. Edad: algún remoto Pleistoceno (es dinosauria también, pero lo disimula exquisitamente). Nadie la ha visto nunca sin su intenso maquillaje: su máscara egipcia. Nadie la ha visto nunca sin una cerveza en la mano, sostenida con no fingida elegancia. Su aura dice: “¡Soy gato, temblad, malditos!”. Su límite: no hay límite, hay piel y hay mundo, y sólo la ética del desollado puede tocar la discontinuidad, el delicado intersticio: ferocidad aún, o todo un mundo por decir. Bajo el rostro primero, trazas, hálitos, transitividad. Y el tejido lento de los días, abruptos de música animal.

Primera parte:

Segunda parte:

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