Tránsitos: conversación con Rubén Martín

Ndame

Rubén Martín es un sismógrafo atento a las fracturas por venir, los movimientos silenciosos, las derivas continentales (en el intratiempo mental, en la carne dolida, en el trasvase protésico entre el yo y el “mundo”). Tiene un oído muy afinado para percibir la disonancia creativa, el desgarro del texto y lo que emerge en la fricción entre lenguajes y registros diversos, sólo aparentemente contradictorios. En el sustrato de la enorme red de referencias literarias, pictóricas o musicales que exhibe con soltura, bajo el rostro del cirujano poliédrico y a veces descoyuntado, sigue aflorando el niño asombrado ante la voraz transformación del mundo. Un niño en trance de ser mirada, de ser deriva y apertura. Su escritura no ostenta una dimensión soteriológica, no promete ninguna redención, pero al mapear una sintomatología apunta ya a una curación en la propia enfermedad de lenguaje, en su propio contagio o infección. Sus universos de sentido nunca colapsan sobre sí mismos, en una verdad unívoca o vertical: se abren, permutan, tocan otras realidades, se convierten en aristas para penetrar otros tejidos. Segregan, mutan, juegan, se consumen. En este devenir, bajo la aparente convulsión, hay una serena alegría, un cauce, una inclinación que parece decirnos: todo está por hacer, somos inmundos en este erial, en la voz rota nos salvaremos. Nombre lúdico: Neo-Dyonisos, poeta Cyborg, “traumaturgo” de la Brecha y la sangre de Cristo. Su profesión “al otro lado”: Máquina de Guerra Transmental. Su límite: la delicadeza, esa cosa pequeña que se trasmite como una temperatura, como un espasmo inconcebiblemente demorado, como una seda de lenguaje, bajo todo lo que dice. Rubén vive en la re-percusión, porque algo de lo que en él se expresa se proyecta y se desincroniza levemente, desgajándose del continuo habitual: como si lanzara un eco intuitivo hacia el futuro, donde su sismógrafo interior podrá descodificarlo. Percusión/re-percusión. Sístole/diástole. El corazón haciéndose en un ritmo extrañado de sí. La gravitación de su campo mental o sensorial: aleros, cornisas, estalactitas de pensamiento coagulado, donde hambrientos pájaros futuros podrán encontrar refugio, después de la devastación.

Primera parte:

Segunda parte:

Rubén Martín (Granada, 1980) es poeta y traductor de poesía. Ha publicado textos de diversa índole en revistas como Quimera, Shangrila o Kokoro, en la que es colaborador habitual. Es autor de los poemarios Radiografía del temblor (primer premio del certamen Andalucía Joven en 2006, publicado por Renacimiento al año siguiente), Locos de altar (Alea Blanca, 2011, en colaboración con Begoña Callejón y Leopoldo María Panero) y Sistemas inestables (Bartleby Editores, 2015).

Como traductor es responsable de las versiones en castellano de Poemas a la muerte (2010) de Emily Dickinson y Rompiente (2014) de Jorie Graham, ambas en Bartleby Editores. Su interés por el diálogo interdisciplinar queda plasmado en su proyecto de spoken word electrónico Máquina Líquida y sus actuaciones en directo con músicos como Alejandro Morales o Primo Gabbiano.

Tránsitos. Conversación con Lola Nieto Alarcón

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Lola es encrucijada y animal. Encrucijada porque en ella convergen una mirada analítica capaz de diseccionar quirúrgica y rigurosamente el entramado de cualquier discurso y una mirada de infancia que recrea cada pequeño gesto restaurando su incandescencia, su movimiento, su ferocidad. A veces ambas en un mismo aliento deconstructivo y lúdico, siempre atento a hacer hablar las fisuras que la atención abre entre las cosas. Es animal porque sabe encontrar las grietas y habitar las transiciones: para que se filtre cierta comprensión e iluminar lo menudo, lo insignficante, lo arrítmico, lo deshabitado, el revés enmudecido, el sustrato doliente y percusivo de la vida. También porque es fácil imaginarla osezna e hibernando en una gruta cálida, soñando sus sueños caleidoscópicos y torrenciales: cosmogonías en vertiginosa sucesión, lenguas sedimentadas, colores aún por recorrer, el asombro afilado en la punta de los dedos. Tiene hiedra y magia en la voz, como bien saben quienes han asistido a sus lecturas y se han dejado rozar por lo teúrgico, lo fracturado, el desplazamiento constante, la mediación que ahí brota. Tiene la capacidad de desdoblarse indefinidamente. Sabe deslizarse por todas las superficies (es patinadora y ardilla, también). Tiene compasión manantial. Su corazón es una libélula y un sismógrafo pequeñito. Para cartografiar, sondear e imantar. Nombre lúdico: Niña Cosquillita. Profesión “al otro lado”: la Tortuga que en los mitos antiguos sostiene el universo mientras baila claqué. Su límite: no hay límite sino renovación del animal secreto, desenraizado, que somos al filo del hambre; colisión de dos incertidumbres, dos membranas, dos lenguajes, que a su vez se desdoblan infinitamente, en Matriushkas que caen hacia su centro imposible, su sueño neolítico, acumulando anillos arbóreos, escamas fósiles, la danza en el filo de una espada.

Primera parte:

Segunda parte:

Lola Nieto Alarcón (Barcelona, 1985) es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Actualmente, realiza una tesis doctoral y trabaja como profesora de secundaria. Coordina la revista Kokoro, donde colabora habitualmente. Ha escrito artículos de crítica literaria que han aparecido en revistas como Sesión no numerada, Calidoscopio, Ómnibus, Las Nubes o Contrastes. Ha publicado “Alambres” (Púlsar-Kriller71).

Tránsitos. Conversación con Laia López Manrique

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Laia es una multiplicidad y una aporía. Un trayecto que se bifurca constantemente pero que sin embargo está unido por aguas subterráneas: atención, silencio, urdimbre. Es un travesaño, un viga que promete una lógica intersticial minuciosamente socavada: una y muchas, serenidad y temblor. Calma y raíz de orfandad. Diseminación en espejos múltiples, previsiblemente impuros. Híbrido entre Louise Brooks y oso panda (a poco que amplíe el maquillaje de los ojos). Entre estrato basáltico y fantasma. No parece que haya arraigo o injerto para ella salvo en el movimiento, con sus irreductibles contradicciones, sus lastres y contrapesos. Es seria pero se ríe por dentro, uno imagina en ella a una payasa colosal, una cabaretera aguardentosa y de feroz ternura. Desplazada en el tiempo, vive como una fluctuación, a medio caballo entre onda y partícula, en la indeterminación de nuestra época líquida, absurda y deshilachada. Nombre lúdico: lady Pingüinos. Profesión al “otro lado”: pastora de vértigos perfumados. Edad: algún remoto Pleistoceno (es dinosauria también, pero lo disimula exquisitamente). Nadie la ha visto nunca sin su intenso maquillaje: su máscara egipcia. Nadie la ha visto nunca sin una cerveza en la mano, sostenida con no fingida elegancia. Su aura dice: “¡Soy gato, temblad, malditos!”. Su límite: no hay límite, hay piel y hay mundo, y sólo la ética del desollado puede tocar la discontinuidad, el delicado intersticio: ferocidad aún, o todo un mundo por decir. Bajo el rostro primero, trazas, hálitos, transitividad. Y el tejido lento de los días, abruptos de música animal.

Primera parte:

Segunda parte:

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